Don Dokken – Up from the ashes – 1990

¿Cuántas razones hay para terminar con una banda en pleno éxito? Seguramente detrás de la mayoría de ellas encontremos las drogas y el choque de egos. El cantante Don Dokken surfeaba en 1989 esa ola. El último álbum en estudio de Dokken, su banda, Back for the attack (1987), había logrado el disco de platino en Estados Unidos; pocos meses después Tooth and nail (1984) también conseguiría ese galardón; Under lock and key (1985) lo había logrado también; su reciente directo, Beast frome the East (1988) superaba el disco de oro. La MTV los adoraba, las entradas para los conciertos se vendían rápido. En Don crecía la fuerza para el siguiente paso, el siguiente disco. Sus luchas con el guitarrista George Lynch eran míticas. Aunque el batería Mick Brown solía decir que lo había inventado la compañía para lograr más publicidad, lo cierto es que ya para la grabación de Tooth and nail necesitaron de tres productores: Tom Werman, el primero, no pudo acabar el disco, y eso que venía de terminar el Shout at the devil (1983) con los mismísimos Mötley Crüe. Ese era el nivel de refriega en los primeros pasos de Dokken. Llamaron a Roy Thomas Baker, un tipo famoso por su vida hedonista y licenciosa, para grabar con Lynch, y a Michael Wagener para grabar con Don. Jeff Pilson, el bajista, lo explicó muy claro: en aquella época había tanta droga y pasábamos tanto tiempo juntos y Don y George eran tan diferentes que solo podía acabar mal.

Tras siete años desgastándose, Don Dokken decide dar la patada a su guitarrista para el siguiente álbum de la banda. Brown decide largarse con Lynch a probar suerte y Pilson tampoco está por la labor de quedarse en el barco. El nombre Dokken está registrado por los cuatro miembros, por lo que solo queda publicar la obra con su nombre delante de su apellido. Así, el que hubiera sido quinto disco en estudio de un grupo llamado Dokken se convirtió en el primero en solitario de Don Dokken.

Para la composición de las nuevas canciones Don contó con el guitarrista Billy White, con quien grabó las primeras maquetas. Tom Zutaut, productor ejecutivo del disco, le recomendó al guitarrista sueco John Norum; ¿dos guitarristas? Por qué no. Don llamó a su amigo Peter Baltes (Accept) para tocar el bajo y al batería Mikkey Dee, por entonces en tránsito entre King Diamond y Motörhead.

El quinteto se metió en el estudio a las órdenes de Don y con la ayuda en la producción de Wyn Davis, un tipo hábil con la consola, poco dado a meterse en líos, que ya había mezclado el Breaking the chains (1982). En general, el sonido intenta continuar el de Dokken, repetir la fórmula de éxito: hard rock de guitarras, melodías poco complicadas con buenos estribillos e historias de amor y desamor. Quizá resulta muy cargado en el gusto del jefe Don, y el cambio de músicos también se nota. Lynch tenía un ataque bastante heavy y usaba guitarras Krammer y ESP, mientras que Norum y White utilizaron sobre todo Fender y Les Paul. El protagonismo compartido de ambos guitarristas, por otro lado, dota de gran dinámica a las partes de guitarra, sobre todo los solos. Mikkey Dee, extraordinario, no resulta tan pirotécnico como Brown; de todos modos, las malas lenguas dicen que las baterías las grabó Ken Mary (Bonfire, Alice Cooper). Para completar el parecido, la compañía de discos contrató a David Williams para dibujar la portada, el mismo que, oh, sorpresa, la había dibujado para Back for the attack. Y casi se copió a sí mismo.

Por supuesto, Don no se olvida de sus excolegas. Abre el álbum Crush N Burn cantando con rabia una letra muy personal: ha escuchado demasiadas voces en el pasado que le han llevado a tomar malas decisiones y ahora quiere renacer de las cenizas después de haberse estrellado. La canción tiene una pequeña introducción con dos guitarras acústicas para romper con un buen riff y la batería seca y machacona en primer plano. El solo compartido, como casi todos, por Davis y Norum. Un puente-estribillo bien armonizado, cargado de efectos. En el primer single, Mirror mirror, también deja un recadito: “mirror mirror, on the wall/seven years, I survived them all/mirror mirror, tell me more/if that was love, then love is war”. Para escribirla contó con la ayuda de Mark Spiro, afamado productor y songwriter, conformando un desnudo corte donde todo el protagonismo lo lleva la línea melódica de Don. En el vídeo, los músicos van juntándose de camino al estudio en Los Ángeles donde les espera “el jefe”. Y ese riff de guitarra ¿no recuerda a Van Halen? Y en el último corte del disco deja una advertencia: “i’m just a lone wolf who’s waiting/waiting for life’s attraction to give me/the hunger”. Excelente final, por cierto. The hunger tiene velocidad y rudeza mezclada con el gancho de la melodía vocal. Y, por si hubiera dudas, en el libreto deja otro recado: “the best revenge is to live well”.

Más allá de estas autoafirmaciones, las letras de amor y desamor rellenan el resto del disco.

1000 miles away comienza con un piano y el cantante lamentando la volatilidad del amor “just like sand running through my hands/we tried to hold love, but it just slipped away”. La banda rompe tras la primera estrofa hasta un fantástico estribillo con ese coro de fondo. La balada, que no debe faltar, se titula When love finds a fool, compuesta a medias con el gran Glenn Hughes, quien luchaba, por entonces, con su propio infierno de drogas y deudas. Una melodía al uso de Glenn, de las que ha compuesto y cantado muchas, con las estrofas sobre una cama acústica y el estribillo arropado por las guitarras eléctricas. El corazón roto del enamorado que se lamenta de su pérdida. Glenn participa en los coros. Stay, segundo sencillo, fue de las primeras en componer, con su colega Mick Brown, en clave de balada heavy de amante despechado que suplica a su amada, con un fondo popero: “won’t you stay/can’t you see my love is waiting here”. Porque Don nunca ha negado su gusto por las melodías más poperas, y en Forever hace otra de estas, adornada por un exceso de ecos en las acústicas y la batería, a medio camino entre una balada clásica y un tema roquero, con buenos coros y una pasada de solo, más melódico.

Y el resto trae caña hard. When some nights, una de las mejores, por su ritmo de guitarra y bajo, riff que se clava, y esa aparente sencillez de Don al cantar que, de pronto, se eleva y se dobla y en la siguiente frase se queda desnuda para cantar a un amor imposible (aunque, ya sabes, puedes telefonearme cualquier noche): “take me back to a time I remember well/it’s a fact, when you’re near/you know we could stop the world”. Living a lie vuelve al hard rock potente de buenos coros. De las mejores interpretaciones vocales, sin tanto adorno técnico, pero pleno de entrega. Un corte con un fantástico puente hacia el solo, bastante rompedor. Give it up tiene todo el flow ochentero de Dokken con las guitarras más heavies del disco y un estribillo pegadizo para levantar los puños “so give it up/stop all your fighting/it’s my world/we’re dancing with destruction”. Las guitarras heavies a “lo Lynch” retornan al comienzo de Down in flames y nos dan una vuelta por el lado más brillante del álbum, sobre todo por el excelente riff y solo, las armonías vocales y ese estribillo de amor salvaje (“You’re taking control of my heart/and I’m going down in flames/straight to the ground over you).

El disco se publicó, finalmente, en octubre de 1990. Tuvo buena acogida, la poderosa MTV se esmeró en repetir los videos y la gira no fue mal, pero no llegó a vender lo que se esperaba. Don Dokken dijo años después que la compañía no apoyó lo suficiente y se centró en otras bandas. Quizá tenga razón, quizá los singles no tenían el gancho necesario, quizá tanto cambio despistó al público. Quién sabe. Lo cierto es que tras unos meses John Norum siguió con su carrera en solitario, Peter Baltes volvió al seno de Accept y Mikkey Dee acabó en Mötorhead pisándole el puesto a Tommy Aldridge. Don se tomó un tiempo para componer su siguiente álbum en solitario, pero, por cosas del azar y el dolar, acabó reuniéndose con sus excompañeros para el que sería quinto álbum de Dokken, Dysfunctional (1995). Pero esa es ya otra historia.

En definitiva, Up from the ashes resulta un excelente disco de hard melódico, sin un tema imprescindible, quizá algo plano por la temática amorosa, pero sin ningún momento malo, donde entras expectante y sales satisfecho.

Y si quieres profundizar un poco más, le dedicamos un especial en “El Fantasma de la Ópera Radio” que puedes escuchar en este enlace.

6 comentarios

    • Gracias por el piropo. Un álbum muy bueno, para mi gusto, en la línea de lo que Don quería para su banda. Dokken pudieron ser mucho más grandes. Pena de egos, de vicios y de juventud. Un saludazo.

  1. no recuerdo el año, a mediados de los 80…en una esquina que mira hacia la Plaza de Armas de Concepción, había (y todavía está) un kiosko de diarios y revistas, entre ellas, de música, española o argentina. Recuerdo el título del artículo principal en la portada: “Mi relación con Lynch es mala. Mo lo soporto”.

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