Archivo de la categoría: Crítica: discos míticos y pequeños tesoros

Ratt – Detonator – 1990

¿Puede un álbum de rock excelente convertirse en el epitafio de una gran banda?

Ratt representa el sonido y la imagen glam metal de los ochenta como pocos: su éxito ayudó a abrir las casas a otros grupos que mezclaban las influencias del heavy rock al estilo Judas Priest o Van Halen (metan aquí a los Saxon primigenios) con arreglos más melódicos y letras sucias. Quizá empujado por los primeros Mötley Crüe (aquel Shout at the devil, 1983) o el éxito del Metal Health (Quiet Riot, 1983) consiguieron un contrato para grabar su primer álbum (EP mediante) del que despacharon 3 millones de copias nada menos. Tras tres discos más que alcanzaron el platino, llegaron a un punto en el que se veían obligados a eso que se llama “evolucionar”. Lo que viene a ser, en palabras de la compañía de discos, fabricar más singles para vender más aún. La banda tenía un contrato muy jugoso con Atlantic, Guns N’Roses lo había revolucionado todo en 1987 y el rock ya no era lo mismo. Los propios Mötley habían necesitado a Bob Rock (cambiando a su eterno Tom Werman) para dar el pelotazo con Dr. Feelgood (1989) y Poison hicieron lo propio con Bruce Fairbairn (Flesh&blood, 1990). En su cuarto largo, Reach for the sky (1988) habían intentado ese movimiento, cambiando a su productor habitual, Beau Hill, por Mike Stone (Journey, Asia, April Wine); al final Hill acudió al rescate de todos modos.

Esto dijo Hill respecto a una llamada de Doug Morris (jefazo de Atlantic): «He said I need a favor, I want you to do Ratt and I said I thought Mike Stone was doing it. He said he heard some roughs and his quote was ‘they sound like a Holiday Inn band.’ So I said ‘ok, I will do what you want me to do.’ I listened to the roughs and we talked and I said what are my rules of engagement here and he said ‘do whatever the fuck you want.” Y cuando le preguntan por la opinión de los miembros de la banda sobre su regreso para terminar Reach for the sky, añade: “…being completely honest with you I don’t think any of them were. They knew their backs were up against a wall, they tried to do something different hoping they would get a great result and the record company rejected it. They were given an ultimatum, Beau is going to fix the album and if you don’t want Beau to fix it, here’s your walking papers and best of luck.”

En este camino sin señalizar ¿qué hacer?

El álbum.

Podríamos decir, exagerando un poco, que en el año 1990 Ratt comenzaba a ser una reliquia del mercado. Había ido reduciendo su importancia, lo que significa que cada vez le costaba más vender el milloncete de discos y llenar pabellones. Pero seguían ahí arriba. Lo peor estaba dentro: las tensiones internas se iban acumulando y los malos e insistentes vicios comenzaban a pasar factura. Robbin estaba tan colocado que apenas podía participar en la grabación del álbum, pasando, incluso, una temporada en rehabilitación. Pearcy empezaba a dar síntomas de agotamiento; su voz comenzaba a fallar, de vez en cuando se perdía alguna cita. ¿Qué hacer? La banda o la compañía decidieron dar un salto mortal sin red: contratar a un compositor externo o a un productor de brillantina que le diera una vuelta a Ratt. Y el elegido (o el disponible) fue Desmond Child (unos meses antes había convertido en platino a Alice Cooper y sus canciones se vendían con facilidad). Y Desmod se encargó de compartir las labores de composición con la banda, Pearcy y DeMartini fundamentalmente, y puso a su secuaz Arthur Payson a los mandos.

Comienza el disco con Intro to shame/Shame, shame, shame. Una intro melódica, intensa, de Warren para entrar, batería mediante, en uno de los mejores cortes del álbum y de la Historia de Ratt: excelente riff, buen estribillo, gran solo. Lovin’ you’s a dirty job sigue y suena más a “clásico” Ratt, con un riff stacatto, un puente-estribillo excelente con un arreglo vocal intenso, voces dobladas y DeMartini jugando al fondo con la melodía, sumando capas de guitarra. La alargada mano de Child se nota en los arreglos y en la resolución de la canción. A estas alturas ya destacan varias cosas: la voz es más limpia, menos rasgado, sin tanto eco; la batería suena seca, cortada, con reverb y los platos pierden protagonismo y brillo; las guitarras pasan a segundo plano en las líneas vocales, pero se ha puesto énfasis en que suenen más melódicas y menos rítmicas. El sonido general huye (un poco) del característico glam-metal que la banda había ayudado a dar fama (ya lo hicieron en el anterior Reach for the sky) para asomarse a ese hard rock más “skidrowciano”.

Scratch that itch aumentan los decibelios y la velocidad y sea, probablemente, la mejor versión de DeMartini en muchos años. Porque es uno de los ganadores de Detonator: usa todos sus trucos, a veces acelera, otras, suelta unas líneas melódicas bestiales, aguanta con líneas atmosféricas las canciones, en fin, quizá de sus mejores obras. Y si tenemos en cuenta el estado de su colega puede resultar obvio que se encargó de la mayor parte de la grabación.  Además, Blotzer se sale machacando un fantástico patrón. Regresa la melodía pop en One step away que desemboca en un pegajoso estribillo, nada Ratt, por cierto, muy Poison, pero en la voz de Pearcy resulta hasta conmovedor “somos barcos en la noche, pero esta noche no te vas a alejar, estoy a un paso, ha llegado el momento adecuado”. Ojito al fraseo de guitarra tras las voces. Fantástico single hubiera sido. Hard time viaja al lado heavy de Ratt en guitarras y batería. Letra muy curiosa en el álbum, quizá acerca de un sintecho durmiendo “en una esquina con una taza de café” o, de manera más genérica, recordando las épocas malas en las que uno “en medio de la noche, uno no puede ver la luz”. Jon Bon Jovi hace unos pinitos en el estribillo de Heads I win, tails you lose con fuerte carga melódica, buscando ese cambio de aires, otra canción poprock resultona, contundente en su ejecución, en la que todo está muy equilibrado, demasiado quizá, pensando en ese mercado “nuevo” que había que ganar. Buen puente-estribillo, todo muy aseado y pegadizo. Esto es rock’n’roll y estamos en los fuckin’ eighties. Ojito al sencillo y efectivo solo.

Suena a los Aerosmith de los ochenta All or nothing, el riff, el ritmo, la batería, la forma de cantar (casi rapeando por momentos), la resolución del puente-estribillo, incluso ese final con voz chillona femenina. Desmond mete mano definitivamente aquí, desde luego. Y Blotzer aparece también en los créditos; no en vano, uno de los puntos fuertes del tema es el patrón rítmico. Incluso el sonido y el juego a dos guitarras recuerda enormemente a Perry y las producciones de los ochenta. Buena canción, claro, con este patrón, vacilona incluso “dame lo que quiero o quítate de mi vista, lo quiero todo o nada, lo quiero ahora”. Can’t wait on love tiene un guitarreo del bueno, rápido e inspirado, jugando con un riff “cuasimetal” en la que ambas guitarras evolucionan a una parte central más abierta melódica. Estribillo muy típico de Ratt (lo que significa “bien”). Pasa por una de las canciones menores del disco y de la banda, pero ya hubieran querido muchos grupos no ya de hoy en día, si no de la época, haber grabado una canción “menor” como esta. Los niños andan calientes “no puedo esperar a tu amor, estoy tan caliente que no puedo dormir” o “soy la llave que abre tu cerradura”. Aparece una balada «de época», otra rareza en Ratt, que si bien habían bajado ritmos y decibelios en entregas anteriores, quizá no con tanto descaro. Givin’ yourself away, que así se titula, con Pearcy cantando “limpio”, sin trucos ni desgarros laríngeos. La composición recae en Diane Warren, una experta de la megabalada mojabragas en la época. Nada pretenciosa, juega sus bazas en una melodía sencilla, bien interpretada, con arreglos de sintetizador, todo precioso. Cierra Top secret, más “heavy Ratt metal” para cerrar el disco, con un sonido similar al de sus primeras dos obras (Desmond mediante). Unas guitarras jugosas, juguetonas y ruidosas en una canción uptempo de manual.

El final de una banda.

Tras la publicación del disco ocurrió lo previsible para todos los que vivían en la realidad de Ratt: una relación difícil (imposible) mucho tiempo sustentada por el dinero y la fama. Realizaron una pequeña gira por locales pequeños, sobre todo alrededor de Los Angeles; retornaron a sitios como el Whisky a GoGo en West Hollywood, donde habían comenzado años atrás. Siguió una gira por Japón (si te falla el mercado de casa siempre te quedarán los nipones) tras la cual la situación con Crosby no se pudo sostener más y fue expulsado. Contaba DeMartini que en alguno de los conciertos incluso se olvidaba de cambiar de guitarra y tocaba en afinaciones distintas sin darse cuenta o que “improvisaba” algunas partes de ciertas canciones. La gira por Estados Unidos sufrió de ventas bajas y en numerosas ocasiones los recintos estaban a mitad de capacidad o tuvieron que cambiarse las ubicaciones. Para esta parte de la gira contaron con la colaboración del mismísimo Michael Schenker e introdujeron una versión de UFO en el setlist (Lights out). La grabación del (obligatorio) MTV unplugged también contó con el germano.

Grabaron una canción para la película Point break (Le llaman Bodhi en España) titulado Nobody rides for free, donde grabaron como cuarteto y como cuarteto salieron en el vídeo del tema. Este corte se incluyó, en septiembre del 91, dentro del recopilatorio titulado Ratt&Roll 81-91.

Poco tiempo después, el propio Pearcey dio un volantazo y abandonó la banda, formando Arcade.

Ratt desaparecieron durante una buena temporada. En realidad, para siempre.

April Wine – The nature of the beast – 1981

El noveno disco de estudio de April Wine se convirtió en su mayor éxito comercial. Publicado en enero de 1981, alcanzó en poco tiempo el disco de platino en Estados Unidos aguantando treinta y cuatro semanas en el top200 de ventas; en su Canadá natal, llegó al doble platino, impulsándoles un escalón más arriba del que ya estaban. Porque estos tipos vivían desde principios de los setenta, de un modo u otro, dando guerra. April Wine alcanzaron su primer éxito a ambos lados de la frontera con su cuarto trabajo, Stand back (1975), doble platino en Canadá, y mantuvieron el pulso con los siguientes discos, pero, sobre todo, con varios singles que llamaron la atención del público ascendiendo en las listas de ventas. Se convirtieron en habituales de los circuitos acompañando a bandas como Rush, Kiss, Triumph, Journey o Styx. Su disco de 1979 First glance se convirtió en el primero en alcanzar el oro en Estados Unidos; haber firmado por Capitol demostró ser determinante. Para ese álbum (para la gira anterior, en realidad) habían introducido un tercer guitarrista en el grupo, consiguiendo un sonido bestial en directo que intentaron trasladar al estudio. Tras un más que recomendable Harder… faster (1980), que aparecerá por aquí pronto, llegamos a este noveno álbum, el que les dio armas para comandar su propio tour como cabezas de cartel en los USA y a girar por Europa.

La banda la formaban Myles Goodwyn, único miembro original a estas alturas, a la voz, la guitarra y los teclados, los otros dos guitarristas, Gary Moffet y Brian Greenway (este también a la voz), el bajista Steve Lang y el batería Jerry Mercer. Lo produje el jefe Goodwyn con el afamado Mike Stone (ese mismo año hizo el Escape de Journey) en los estudios británicos The Manor, lugar en el que ya habían grabado por entonces Mike Oldfield, Gene Simmons, Queen o Van Morrison. 

Me gustan los discos que comienzan enseñando todas las armas, como diciendo «aquí vas a escuchar esto». Y «esto» son riffs a dos guitarras o tres, melodías vocales pegadizas, estribillos con el único objetivo de hacerte cantar y letras hedonistas sobre la vida desenfrenada. All over town tiene todo esto y añade una voz procesada acompañando a la principal en el estribillo y voces dobladas sin vergüenza ninguna. «You´re so neat, you´re so cute, you´re so fine/you know that eveybody wants some action». La mujer inalcanzable se marcha de mi corazón (al de otro). Una canción trabajada para ser un single de la época. Nos retrotrae unos años atrás Tellin´me lies, con unas guitarras seventies y un tratamiento de las armonías más parecido a discos anteriores, con un gran estribillo a varias voces y los guitarristas jugueteando entre sí. Suena a continuación la cover de Sign of the Gypsy Queen, que se convirtió en un obligatorio de sus directos. Combina las acústicas de las estrofas iniciales con un arranque guitarrero rotundo en el estribillo, con voces armonizadas, para volver de nuevo a repetir el esquema. Funciona muy bien, sobre todo porque la línea melódica de la voz se desarrolla con ligereza y fluye bien. Además, uno de los temas más elaborados, con un cambio de tono y ritmo en la parte central para arrancar de nuevo hacia el final. La balada necesaria se titula Just between you and me y juega con una hermosa melodía sobre un ritmo simplón y unos arreglos manidos. Sin embargo, las partes de guitarra y el estribillo dan poder al corte. Se editó como single rompiendo la barrera del top20 y manteniéndose en lo alto de las listas de ventas durante once semanas. El contraste con Wanna rock es bestial: apenas dos minutos de rock directo con cierto tufillo rockabilly (años cincuenta a tope), divertido y bailable «don’t waste my money driving ‘round in a car/save my money for electric guitars». Y cerramos la cara A con Caught in the crossfire, más elaborado y profundo, jugando con los tempos y los espacios sonoros, en especial en la forma de introducir y esconder las guitarras; quizá el rollo espacial de la parte central tenga un tufo arcaico hoy en día.

La cara B comienza con  Future tense y su mensaje carpe diem «I try for satisfaction/you always let it slide/every day is like the last day». Uno de los cortes más poperos, comienza con una estrofa en la que guitarra y voz se van alternando, con un puente-estribillo con una voz robotizada, para pasar a un solo de pregunta-respuesta seguido de una parte melódica estupenda. Más roquera suena desde su inicio Big city girls, con buen riff y las guitarras conjugando con los arreglos y las armonías entre ellas y con las voces, dando pie a un curioso juego sonoro. El estribillo me recuerda (de lejos) al Big city nights de Scorpions. Una canción sobre las chicas de la calle: «the message was clear/if you wanna play, you gotta pay». Aceleramos a fondo en Crash and burn y su canto a la vida rápida, sin pensar en las consecuencias «the paper´s gonna say we´re crazy/no matter what the say/you know I´m gonna rock all night/gonna rock all night and day». Estribillo directo brutote y gran solo. Mantiene el pulso malote Bad boys con el riff a dos guitarras y más hedonismo en su mensaje; los chicos malos salen de pesca «I look out the window, see the fishes get the run-around». El (quizá) mejor solo con un juego curioso con el bajo, excelente todo el corte, por cierto. Y fantástico riff twin guitar en One more time que aparece otra vez en el puente y en el solo, gran estribillo. Una canción genial, divertida, directa, para cerrar con una letra sencilla: ¿a quién no le ha pasado? ¿a quién no le han dicho «tómate la última»? Pues eso. «One more time before we go». Casi se palpa la resignación en la forma de cantar.

La portada, encargada a Bob Lemm, representa esa fuerza del directo, ese animal que las letras del disco intentan describir, el salvaje del día a día al que poco le importa lo que pase al final del concierto o las consecuencias de lo que hace. Esa es la naturaleza de esta bestia. Además, da una sensación de ritmo, de movimiento. De la foto de la contraportada, obra de Andrze Duvel, poco voy a añadir; los ochenta fueron años duros para la estética roquera. Como curiosidad, el álbum está dedicado a John Bonham y Johnny Weissmuller (sí, el famoso Tarzán).

Disfrutad de una banda hoy en día muy poco admirada y que fabricó excelentes discos, como este.

Don Dokken – Up from the ashes – 1990

¿Cuántas razones hay para terminar con una banda en pleno éxito? Seguramente detrás de la mayoría de ellas encontremos las drogas y el choque de egos. El cantante Don Dokken surfeaba en 1989 esa ola. El último álbum en estudio de Dokken, su banda, Back for the attack (1987), había logrado el disco de platino en Estados Unidos; pocos meses después Tooth and nail (1984) también conseguiría ese galardón; Under lock and key (1985) lo había logrado también; su reciente directo, Beast frome the East (1988) superaba el disco de oro. La MTV los adoraba, las entradas para los conciertos se vendían rápido. En Don crecía la fuerza para el siguiente paso, el siguiente disco. Sus luchas con el guitarrista George Lynch eran míticas. Aunque el batería Mick Brown solía decir que lo había inventado la compañía para lograr más publicidad, lo cierto es que ya para la grabación de Tooth and nail necesitaron de tres productores: Tom Werman, el primero, no pudo acabar el disco, y eso que venía de terminar el Shout at the devil (1983) con los mismísimos Mötley Crüe. Ese era el nivel de refriega en los primeros pasos de Dokken. Llamaron a Roy Thomas Baker, un tipo famoso por su vida hedonista y licenciosa, para grabar con Lynch, y a Michael Wagener para grabar con Don. Jeff Pilson, el bajista, lo explicó muy claro: en aquella época había tanta droga y pasábamos tanto tiempo juntos y Don y George eran tan diferentes que solo podía acabar mal.

Tras siete años desgastándose, Don Dokken decide dar la patada a su guitarrista para el siguiente álbum de la banda. Brown decide largarse con Lynch a probar suerte y Pilson tampoco está por la labor de quedarse en el barco. El nombre Dokken está registrado por los cuatro miembros, por lo que solo queda publicar la obra con su nombre delante de su apellido. Así, el que hubiera sido quinto disco en estudio de un grupo llamado Dokken se convirtió en el primero en solitario de Don Dokken.

Para la composición de las nuevas canciones Don contó con el guitarrista Billy White, con quien grabó las primeras maquetas. Tom Zutaut, productor ejecutivo del disco, le recomendó al guitarrista sueco John Norum; ¿dos guitarristas? Por qué no. Don llamó a su amigo Peter Baltes (Accept) para tocar el bajo y al batería Mikkey Dee, por entonces en tránsito entre King Diamond y Motörhead.

El quinteto se metió en el estudio a las órdenes de Don y con la ayuda en la producción de Wyn Davis, un tipo hábil con la consola, poco dado a meterse en líos, que ya había mezclado el Breaking the chains (1982). En general, el sonido intenta continuar el de Dokken, repetir la fórmula de éxito: hard rock de guitarras, melodías poco complicadas con buenos estribillos e historias de amor y desamor. Quizá resulta muy cargado en el gusto del jefe Don, y el cambio de músicos también se nota. Lynch tenía un ataque bastante heavy y usaba guitarras Krammer y ESP, mientras que Norum y White utilizaron sobre todo Fender y Les Paul. El protagonismo compartido de ambos guitarristas, por otro lado, dota de gran dinámica a las partes de guitarra, sobre todo los solos. Mikkey Dee, extraordinario, no resulta tan pirotécnico como Brown; de todos modos, las malas lenguas dicen que las baterías las grabó Ken Mary (Bonfire, Alice Cooper). Para completar el parecido, la compañía de discos contrató a David Williams para dibujar la portada, el mismo que, oh, sorpresa, la había dibujado para Back for the attack. Y casi se copió a sí mismo.

Por supuesto, Don no se olvida de sus excolegas. Abre el álbum Crush N Burn cantando con rabia una letra muy personal: ha escuchado demasiadas voces en el pasado que le han llevado a tomar malas decisiones y ahora quiere renacer de las cenizas después de haberse estrellado. La canción tiene una pequeña introducción con dos guitarras acústicas para romper con un buen riff y la batería seca y machacona en primer plano. El solo compartido, como casi todos, por Davis y Norum. Un puente-estribillo bien armonizado, cargado de efectos. En el primer single, Mirror mirror, también deja un recadito: “mirror mirror, on the wall/seven years, I survived them all/mirror mirror, tell me more/if that was love, then love is war”. Para escribirla contó con la ayuda de Mark Spiro, afamado productor y songwriter, conformando un desnudo corte donde todo el protagonismo lo lleva la línea melódica de Don. En el vídeo, los músicos van juntándose de camino al estudio en Los Ángeles donde les espera “el jefe”. Y ese riff de guitarra ¿no recuerda a Van Halen? Y en el último corte del disco deja una advertencia: “i’m just a lone wolf who’s waiting/waiting for life’s attraction to give me/the hunger”. Excelente final, por cierto. The hunger tiene velocidad y rudeza mezclada con el gancho de la melodía vocal. Y, por si hubiera dudas, en el libreto deja otro recado: “the best revenge is to live well”.

Más allá de estas autoafirmaciones, las letras de amor y desamor rellenan el resto del disco.

1000 miles away comienza con un piano y el cantante lamentando la volatilidad del amor “just like sand running through my hands/we tried to hold love, but it just slipped away”. La banda rompe tras la primera estrofa hasta un fantástico estribillo con ese coro de fondo. La balada, que no debe faltar, se titula When love finds a fool, compuesta a medias con el gran Glenn Hughes, quien luchaba, por entonces, con su propio infierno de drogas y deudas. Una melodía al uso de Glenn, de las que ha compuesto y cantado muchas, con las estrofas sobre una cama acústica y el estribillo arropado por las guitarras eléctricas. El corazón roto del enamorado que se lamenta de su pérdida. Glenn participa en los coros. Stay, segundo sencillo, fue de las primeras en componer, con su colega Mick Brown, en clave de balada heavy de amante despechado que suplica a su amada, con un fondo popero: “won’t you stay/can’t you see my love is waiting here”. Porque Don nunca ha negado su gusto por las melodías más poperas, y en Forever hace otra de estas, adornada por un exceso de ecos en las acústicas y la batería, a medio camino entre una balada clásica y un tema roquero, con buenos coros y una pasada de solo, más melódico.

Y el resto trae caña hard. When some nights, una de las mejores, por su ritmo de guitarra y bajo, riff que se clava, y esa aparente sencillez de Don al cantar que, de pronto, se eleva y se dobla y en la siguiente frase se queda desnuda para cantar a un amor imposible (aunque, ya sabes, puedes telefonearme cualquier noche): “take me back to a time I remember well/it’s a fact, when you’re near/you know we could stop the world”. Living a lie vuelve al hard rock potente de buenos coros. De las mejores interpretaciones vocales, sin tanto adorno técnico, pero pleno de entrega. Un corte con un fantástico puente hacia el solo, bastante rompedor. Give it up tiene todo el flow ochentero de Dokken con las guitarras más heavies del disco y un estribillo pegadizo para levantar los puños “so give it up/stop all your fighting/it’s my world/we’re dancing with destruction”. Las guitarras heavies a “lo Lynch” retornan al comienzo de Down in flames y nos dan una vuelta por el lado más brillante del álbum, sobre todo por el excelente riff y solo, las armonías vocales y ese estribillo de amor salvaje (“You’re taking control of my heart/and I’m going down in flames/straight to the ground over you).

El disco se publicó, finalmente, en octubre de 1990. Tuvo buena acogida, la poderosa MTV se esmeró en repetir los videos y la gira no fue mal, pero no llegó a vender lo que se esperaba. Don Dokken dijo años después que la compañía no apoyó lo suficiente y se centró en otras bandas. Quizá tenga razón, quizá los singles no tenían el gancho necesario, quizá tanto cambio despistó al público. Quién sabe. Lo cierto es que tras unos meses John Norum siguió con su carrera en solitario, Peter Baltes volvió al seno de Accept y Mikkey Dee acabó en Mötorhead pisándole el puesto a Tommy Aldridge. Don se tomó un tiempo para componer su siguiente álbum en solitario, pero, por cosas del azar y el dolar, acabó reuniéndose con sus excompañeros para el que sería quinto álbum de Dokken, Dysfunctional (1995). Pero esa es ya otra historia.

En definitiva, Up from the ashes resulta un excelente disco de hard melódico, sin un tema imprescindible, quizá algo plano por la temática amorosa, pero sin ningún momento malo, donde entras expectante y sales satisfecho.

Y si quieres profundizar un poco más, le dedicamos un especial en «El Fantasma de la Ópera Radio» que puedes escuchar en este enlace.

Blue Öyster Cult – The revölution by night – 1983

Otro de esos discos denostado y devastado por la crítica de la época y por las orejas más afiladas y las más finas de la crítica rocanrolera, dura y blanda, y no puedo estar más en desacuerdo. Me atrevo a afirmar que este noveno disco de estudio de la banda neoyorquina abunda en calidad y se puede encuadrar entre lo más destacado de su prolífica discografía. Si no conocéis al grupo, cualquier disco es de escucha más que recomendada.

La banda sobrevivió en sus primeros años a base de canciones robustas y gruesas que les granjearon fama sin fortuna. Tras tres discos de estudio y un fantástico directo decidieron girar el volante para buscar ese impulso comercial. Grabaron su inmortal single (Don’t fear) the reaper para el álbum Agents of fortune (1976), siguieron vendiendo bien con Godzilla (Spectres, 1977). Situados en primera línea, con un disco de platino y otro de oro en el mercado yanqui, intentan engancharse a las modas sonoras de finales de década. Fichan a Tom Werman (Cheap Treak, Ted Nudgent, posteriormente Mötley Crüe y otras estrellas de los ochenta) para Mirror (1979) con poco éxito. Cambian de palo hacia un sonido más rudo con la producción del por entonces gurú Martin Birch (Cultosauros Erectus, 1980, y Fire of unknown origin, 1981). Las ventas se habían estancado, aunque los conciertos no faltaban. Tras un tercer directo, saltan al ruedo de nuevo con este The revölution by night. Deciden apostar por un productor joven que está teniendo éxito en Canadá y Estados Unidos con Loverboy (Get lucky consiguió despachar 4 millones de copias desde su salida en 1981). Ese tipo se llamaba Bruce Fairbairn. Y es curioso, porque Jon Bon Jovi afirma que al escuchar este álbum disfrutó tanto con el sonido que quería a Bruce para su banda; se unieron pocos años después y grabaron Slippery when whet (1986), convirtiendo a Fairbairn en el chico de moda: Aerosmith, AC/DC, Scorpions, Poison. El rey Midas de finales de década.

De manera intencional, los cerebros compositivos de Blue Öyster Cult querían dar a sus canciones un sonido más amable para las radios de la época, donde el rock de REO Speedwagon, Journey, Y&T y demás estrellas del AOR triunfaba. Y, en ese sentido, acertaron de lleno. Las canciones suenan amables, sin perder el trasfondo hard rock, con protagonismo de las melodías, los arreglos sencillos insuflados de pop y sintetizadores (bienvenido a los ochenta) y buenos estribillos. Pero también tiene excelentes solos de guitarra y algunos cambios rítmicos y partes vocales más turbias. Y, sobre todo, fantásticas canciones.  

La banda entró en el estudio sin uno de sus fundadores, el cantante-batería-compositor Albert Bouchard. Su puesto con las baquetas lo ocupó Rick Downey. El resto de la banda seguían siendo Eric Bloom (guitarra y voz), Joe Bouchard (bajo, guitarras, vocoder y voz), Allen Lanier (sintes y pianos) y Donald Roeser (guitarrista principal, teclas varias y voz). Para la composición se ayudaron de unos amiguetes: Aldo Nova, Ian Hunter, Patty Smith, Greg Winter y un largo etcétera.

Abre la cara A el riff magnífico de Take me away: «I lift my eyes and say/come on, take me away». Juegan con sus historias de ciencia ficción y mundos mágicos y la pérdida de esperanza: venid a por mí. Buen estribillo, con un arreglo espacial antes del solo de Roeser y Aldo Nova, asalvajado. Sigue Eyes on fire, con un comienzo de piano nos adentramos en ese sonido más amable y popero del álbum, en una canción típica del rock de radiofórmula de aquellos años (incluso me suenan más a Survivor); parece de banda sonora. Me gusta cómo cambian de tono tras el segundo estribillo para dar paso a una parte instrumental melódica breve y volver al estribillo. Un single que no funcionó. Shooting shark, la canción más larga, compuesta con Patti Smith, extiende ese sonido dando algo de protagonismo a la pareja rítmica abrazando una estructura progresiva, pero sin salirse de los estándares melódicos, consiguiendo un aire Phil Collins/Genesis al conjunto. Una canción de amor desesperado: «sick of hauling your love around/want to run the train alone/but the engine tracks straight throug your heart/and weighs me like a stone». Buen adorno del saxo de Marc Baum y ojito a la guitarra. Cierra esta cara A un corte algo más complejo y rápido, Veins, con buenos guitarrazos mezclados con el sinte, muy al estilo Gamma, por ejemplo, para darnos un estribillo pegadizo (aunque falto de fuerzo, unos buenos coros ahí lo hubieran petado) y épico final. 

Girando el disco suena otra de mis favoritas, Shadow of California, con cambios de ritmo, adornos vocales y guitarreros por doquier, anunciando la revolución que con la oscuridad vendrá a nuestra ciudad: «revolution by night/in this future/kings of the shadow/on the highway of night». Roeser se curra otro buen trabajo. Con misterio empieza Feel the thunder: voces lejanas, susurros, para crecer con fiereza y dramatismo contando la historia de tres moteros que se estrellaron «en su carretera favorita» hinchados de alcohol y cocaína, su «último viaje», del que vuelven una vez al año: «now you can hear them every Hallows Eve/forever doomed to ride». Gloriosa. Simple y directa, contrasta Let go, compuesta con Ian Hunter, roquera, bacilona, con un piano muy sixties y un rollo fiestero, incluyendo su simple estribillo para gritar con unas cervezas de más en honor a la banda («you can be whatever you want to be/you got the power, we got the key/yeah, B.O.C.»). Tras la fiesta, sigue el acelerón de Dragon Lady y su emocionante estructura en la que se intercalan pasajes guitarreros con la historia de amor a esa dama misteriosa que nos arrebata el corazón (quizá, según se entienda la letra, literalmente). La única canción que canta Bouchard, Light years of love, es otra historia de amor, esta más clásica, en formato balada, algo pegajosa, bien arreglada, con unas acústicas acompañando pianos y sintes (el propio Bouchard se marca un pequeño solo de guitarra española). Un cierre melancólico.

El workart corresponde a John Berg con ilustraciones de Greg Scott. Si bien la portada, inspirada por Feel the thunder, resulta algo extraña, la contraportada me flipa. El símbolo de «los Cult» mezclado con el rollo egipcio da de pleno en mi clavo.

Larga vida a la ostra azul: acercaos a los que les rendimos culto.

Bad Company – Desolation angels – 1979

Bad Company antepusieron la naturalidad a la técnica, la sencillez al espectáculo, la banda antes que el lucimiento individual, todo para compartir canciones que emocionaran a la primera escucha y, a la vez, soportaran el paso del tiempo. Ese fue el gran secreto de estos cuatro bizarros roqueros desde su debut en 1974 hasta su parón a principios de los ochenta. Desolation angels fue su quinto y penúltimo disco de la primera época, un disco excelente que grabaron con mimo y gusto, pensando cada corte, cada pista, dejando algunas joyas para su catálogo sonoro. La banda se formaba entonces con Paul Rodgers a la voz, Mick Ralphs a la guitarra y los teclados, Boz Burrell al bajo y Simon Kirke a la batería. Compartieron las labores compositivas, mezclaron ideas, se ayudaron en los arreglos y disfrutaron en los Ridge Farm Studios ingleses de unas semanas de jolgorio y trabajo a finales de 1978. 

La primera bomba abre el disco. Rock’n’roll fantasy mira sin vergüenza ninguna a lo mejor de su catálogo, un single que se metió en el top 20, una canción sobre los sueños y los milagros de los creyentes del rock, de la música en general. Tiene unos sutiles pero efectivos adornos de sintetizador, un ritmo discotequero, machacón, una buena melodía y un gran estribillo: «it’s all part of my r’n’r fantasy». Sigue una balada con unas acústicas muy Page, protagonistas absolutas, y una letra melancólica; Crazy circle comienza con la voz y la guitarra en solitario para ir sumando instrumentos, con su crescendo contenido hasta el segundo estribillo, con un piano de apoyo que da ese toque especial al conjunto. Aparece el hard rock en Gone, gone, gone, de estupendo riff; Mick hace que lo sencillo suene especial. Una línea de voz muy cuidada, una letra sobre la pérdida, pero de una manera especial: «I don’t know if i am happy, I don’t know if I am sad/…/I’d better get the boys round/and do some drinkin’ fast».

Seguimos en el tren del hard con Evil wind, una batería buenísima que daba pie a Simon a hacer un solo en directo en mitad de la canción, otro riff de Mick con un toque metalero, un buen cambio en el estribillo y a cantar «evil wind, passed me by, troubled waters, pay me no mind, I have heard the thunder». Otra preciosa canción con un recuerdo a sus primeras composiciones y cierto aire beattles para celebrar el amor incondicional, quizá la más sentida  interpretación de Paul, de título Early in the morning demuestra que estos tipos se lo estaban tomando en serio, bien arreglada, se basa en una melodía de piano que Rodgers compuso en la soledad de la playa.

La cara B abre con Lonely for your love, más sonido clásico, con esa guitarra que te engancha y ese bajo boogie tan pegajoso, Rodgers forzando los agudos, recuerda en estructura al mega éxito Can’t get enhough, y solo un poco por debajo se queda. Excelente solo de guitarra incluido. Y Mick vuelve a salirse en Oh, Atlanta: ¿necesitas un respiro? «I’m coming back to you in a fine day/no need to worry» porque vuelvo a Atlanta «hear me calling» a disfrutar de la buena vieja vida. Qué bueno escuchar después Take the time, con un feeling southern, sobre todo en el ritmo y en las acústicas, con una sencillo arreglo en el puente y el estribillo para romper la dinámica del tema y un solo slide. La penúltima de Desolation angels tiene el curioso título de Rhythm machine: compuesta por Boz recreando la modernidad disco de la época en base a un ritmo funk, una guitarra y un bajo que marcan un ritmo constante y otra guitarra y un piano que van haciendo figuras al fondo. De claro tono sexual («I’m a rhythm machine/you know what I mean»), juega con el doble sentido lírico y sonoro, pues imita a las máquinas de ritmo que estaban de moda por entonces pero ejecutado con los instrumentos clásicos del hard rock. Y el cierre majestuosos con la épica balada She brings me love. Cómo canta Rodgers, ese coro soul femenino y la delicadeza de la guitarra de Mick. Nada más que añadir señoría.

Desolation angels significó un éxito de ventas (alcanzó el doble platino en Estados Unidos), un empujón a su por entonces quebrada fama y les permitió organizar una de sus giras más largas. Sin embargo, poco más ofrecieron estos tipos; tras otro álbum y un par de años de tiras y aflojas acabaron separados y buscándose la vida en el mundillo del rock. Disfrutemos de este gran álbum, pues.

Kingdom Come – In your face – 1989

Hay discos que pasan al desván del olvido tan pronto como se editan o apenas unos meses después; y rescatarlos del olvido puede dañar la popularidad de cualquiera que escriba sobre música. ¿Habiendo tantos discos imprescindibles? Pero relegar al estante inaccesible In your face es un error mayúsculo para cualquier amante del hard rock. ¿No te gustan las guitarras con buenos riffs y solos potentes? ¿La batería sonando con poder, un bajo machacando al fondo? ¿Un excelente cantante soltando unos estribillos para cantar a voz en grito? Pues eso tienes en este segundo álbum de Kingdom Come. Puto rocanrol glorioso.

Lenny Wolf, cantante y principal cerebro del grupo, hizo tándem con Marty Wolff, su manager, para la creación de una carrera musical exitosa desde principios de los ochenta. Comenzaron con un grupo al que llamaron Stone Fury. Emigraron a Los Angeles, por circunstancias crearon Kingdom Come, editaron un primer disco que vendió más de un millón de copias (quizá inmerecidas) y se fueron de gira con algunos grandes de la época (Scorpions, Magnum). Para grabar y girar ficharon a James Kottak a la batería, Johnny B. Frank al bajo, Rick Steier y Danny Stag a las guitarras y los teclados. Si en el primer disco casi la totalidad de las canciones estaban compuestas por los dos amigos, en este segundo disco la mayoría de las composiciones están firmadas por algún miembro de la banda, dotando de unas estructuras algo distintas. En cualquier caso, no hay duda que la compañía de discos confiaba en estos tipos. Cambiaron al productor, dejando el rollo más roquero de Bob Rock por el toque de Keith Olsen, quien venía de trabajar con Whitesnake (1987, Slip of the tonge), Ozzy Osbourne (No rest for the wicked) y la segunda encarnación de Bad Company (Fame and fortune). Incluso la portada y el artwork se encargó a otro máquina de la época, Hugh Syme (quien, curiosamente, imitó la idea de su propia portada del 1987 de Whitesnake).

Quizá por la sensación de éxito o por un extraño sentido del humor, la banda, junto a sus jefazos, decidieron titular al álbum In your face. Así dicho parece una declaración de fuerza o ímpetu: «en tu cara». Pero cuando lees del tirón el título con el nombre de la banda suena «Kingdom Come in your face», que viene a traducirse como «(El reino) se corre en tu cara». Una broma o una indirecta a todos los que les tachaban tras su disco debut de plagiadores o poco originales por su enorme parecido con Led Zeppelin. Ahí lo tenéis, disco de platino: me lo hago en tu cara. En fin.

Para escuchar este álbum yo recomendaría empezar por el final, esa última canción titulada Stargazer, una que vale por todo un álbum. Stag y Steier se sueltan un riff de guitarra reconocible, Kottak suma un marcado ritmo apoyado en los platillos con un buen uso del bombo y Wolf hace una gran interpretación vocal. «Stargazer/live it out/meet the maker» deja de meditar tanto, de mirar las estrellas y baja a vivir «living day by day/trying to get away». La melodía de la guitarra apoyando el estribillo suena fantástica. Por cierto, ya hay que tener valor para titular una canción con un título tan mítico cuando te han dado tanta caña con que «pareces» una banda famosa.

El primer single que se editó fue la inicial Do you like it, compuesta por toda la banda. Single de fines de los ochenta con una batería excelente, donde Lenny frasea más que entona las estrofas hasta un buen estribillo sencillo y directo; solo de guitarra punteado con poca pirotecnia. Una letra sobre una noche de concierto y rocanrol (¿o sexo?): «now you know the time is right/and you want to rock tonight/if you want to touch the sky/we can do it, you and I». De segundo single editaron Overrated donde Johnny B. Frank se luce marcando con su púa de principio a fin. Un corte divertido, rítmico, de gran estribillo, directo, básico, fácil de cantar en concierto, cambios melódicos entre las estrofas y un solo equilibrado. Como el anterior, apenas tuvo repercusión. De hecho, el disco comenzó vendiendo muy bien las primeras semanas, pero en seguida desapareció deslizándose poco a poco a ese desván de donde hoy lo rescatamos.

Más allá de estas tres referencias, el álbum resulta versátil en lo sonoro y en las temáticas. Aunque hay canciones de amor y fiesta, varios temas hacen reflexiones más o menos agudas sobre los problemas de la época. Gotta go (can’t wage a war) es antibelicista: «I’ve gotta go/go and fight someone/I don’t even know». Compuesta con Kottak, el patrón de batería marca el paso, profundo, un poco arrastrado, con las guitarras y el bajo jugando con los cambios y apoyando muy bien la línea melódica de Wolf. De los mejores estribillos. En Highway 6, otra de las destacadas del álbum, hablan sobre la muerte, quizá por las drogas o un suicidio: «Down the highway 6/I’m talking ‘bout the road/that’ll lead you to the river Styx». El río Estigia (Styx), que separa el mundo real del inframundo. «I lost a friend of mine/who took that road». Comienza con dos estrofas en las que solo escuchamos la voz y dos guitarras acústicas, rollo blusero, para convertirse en un torbellino roquero, quizá el más heavy del conjunto. Excelente trabajo de guitarras. Reflexionan sobre el paso del tiempo y el pasado en The wind, donde la influencia Zeppelin vuelve a aparecer con fuerza en una composición muy parecida a las de su debut. Lenny se confiesa mirando a su pasado que compara con un jardín o un océano lleno de barcos sin capitán, todo barrido por el viento «and still the wind is gonna blow/sometimes fast and sometimes slow». Buen ritmo, con mucho reverb en la voz, una parte media con un toque ambiental y un buen solo.

No faltan canciones de amor y sexo. En Who do you love pregunta Lenny a quién amas de corazón, no te dejes engañar «you can’t see/’til your heart/is set free», así que elige bien porque no voy a esperar más. Quizá de los más melódicos, con protagonismo de los teclados en las armonías, una pequeña intro de guitarra, que juega a intercambiar líneas con la voz y un buen solo, bien trabajado. Perfect «O» es una canción sexual: «touch the secret inside you, babe/while our bodies shaking so/oh, the way you tease and please». Vuelve descarado ese sonido del debut, con un riff digno de Page, sin duda alguna, y Lenny se deja poseer por Plant una vez más. Bien los cambios de ritmo y Stag se marca un buen solo. Sin abandonar ese poso zeppeliano, con un deje blues, Just like a wild rose nos cuentan una aparente historia de abandono amoroso, aunque podría interpretarse como el canto del adicto al dejar de sentir la fuerza de la droga «I never knew, I never knew/that I could feel so strong inside». De cualquier manera, Lenny está soberbio. Y Mean dirty Joe engancha con el fantástico fraseo de la guitarra y el patrón rítmico del tema, con buenos cambios, donde Kottak de nuevo marca con el tambor y el bombo la pauta. Una historia de pérdida: «where did you go/You’re really all alone».

In your face se editó en abril de 1989 y para agosto Lenny había decidido cambiar de aires. Echó a toda la banda, contrató a otro manager y quiso ser una rocanrolstar. Lo curioso es que la espantada sucedió justo antes de comenzar una gira con WASP al mismo tiempo que Blackie Lawless prescindía también de su guitarrista Chris Holmes y cancelaba la gira; estaba gafada.

No queda más que pinchar el disco de principio a fin y gozar con esta joya de hard rock donde todo encaja y nada sobra. Olvídate de ese regusto zeppelin de su debut, que aquí aparece en la dosis justa, y disfruta.

Rod Stewart – Never a dull moment – 1972

Si tuviera una máquina del tiempo roquera no me importaría ser una temporada Rod Stewart en los meses en que se grabó este Never a dull moment (literalmente: nunca un momento aburrido). Rod se había convertido en 1971 en el cantante más famoso del Reino Unido, quizá del mundo anglosajón, con la publicación de su disco en solitario Every picture tells a story, número 1 a ambos lados del Atlántico, y de A nod is as good as a wink… to a blind horse con The Faces, certificado disco de oro. Dos canciones extraídas de ellos sonaron hasta el aburrimiento aquellos meses: Maggy May y Stay with me. El señor Stewart estaba en lo más alto y su fama de vividor, enamoradizo, fiestero no hacía más que acrecentarse. Sabía como nadie vivir con hedonismo, buscando siempre el placer y la felicidad, pero sin olvidar a todas las estrellas que fueron cayendo aquellos años presa de los abusos. Rod no iba a descarrilar: su tren seguiría la ruta de la felicidad: él estaba en esto del rocantol para pasarlo bien. Para no tener ni pasar ni solo momento aburrido.

Pero también sabía dónde estaba el suelo, de dónde salía toda esa fama; de su esfuerzo, de ser el mejor, de estar centrado en el trabajo. Y de ambas cosas va este cuarto disco en solitario: un conjunto de canciones cálidas, sencillas, simpáticas, bien interpretadas, con el objetivo de ser consumidas una y otra vez. Editado en el Reino Unido en julio de 1972, pronto subió al primer puesto en ventas y alcanzó el disco de oro en apenas una semana; en Estados Unidos trepó hasta el segundo puesto y en otras partes del planeta no le fue mal tampoco: top de países tan dispares como Austalia, Holanda, Suecia o Canadá. Aunque seguro que mucho de este éxito se debió más a los antecesores que al propio Never a dull moment.

El propio Rod se encargó de la producción durante la primavera de aquel 1972 en los estudios Olimpic y Morgan de Londres, con la ayuda técnica de Mike Bobak, Mike Butcher y Glynn Johns y la moral y musical de Ronnie Wood. El gran Wood compone tres canciones y le acompaña a lo largo de todos los temas tocando guitarras y bajos. Como en ocasiones anteriores, aparece una manada de colaboradores, empezando por los miembros de The Faces (Ronnie Lane al bajo, Ian McLagan al piano y el órgano y Kenny Jones a la batería) y continuando con Spike Heatley, también al bajo, Gordon Huntley a la guitarra, Dick Powell al violín, Pete Sears al piano, el guitarrista clásico Martin Quittenton a las acústicas, Micky Waller a la batería o Ray Jackson con una mandolina.

¿Y qué parieron todos estos amigos? Un divertido conjunto de rock & roll, blues, funk, hard rock y folk mezclado con el buen rollo que toda esta gente respiraba alrededor de la estrella ascendente de Stewart. Dos puntos fuertes destacaría en la obra: la inicial True blue y la preciosa You wear it well. Componen Wood y el jefe en True blue, con todos los miembros de The Faces tocando en ella, una delicada melodía roquera con una clásica letra: la buena suerte nos abandona, pero hay que tener la moral alta, buscar el camino a casa y comenzar de nuevo «I just don’t know what to do». Wood acelera el tempo y la canción acaba como si fuera un boogie con el órgano de McLagan de protagonista. You wear it well le dio otro número 1 en el Reino Unido. La compone Rod con el guitarrista Martin Quittenton: por supuesto que esta canción está dominada por una gran acústica, pero también por otra fantástica contribución de McLagan y una de las más sentidas interpretaciones del jefe. Otra historia de corazones rotos terminada con esa simpática humildad del que se sabe perdedor y ganador a la vez: «so when the sun goes low/and you’re home al alone/think of me and try not to laugh/and I’ll wear it well». En el fondo, querida, tú eres fantástica y yo un tonto.

Rod compone, junto a Wood, otros dos cortes. Los Paraguayos cuenta una de esas aventuras que, casi seguro, le pasaron al nocturno Stewart. Tras un «problema» con una menor en algún lugar frío, decide fugarse una temporada «get me some South American sun». Su reflexión tirado en alguna playa paradisíaca y acompañado de unas congas y unas trompetas no puede ser más sincera: «down at the border you need to be older/and you sure don’t look like my daughter». Buen solo de Rod al final del tema. El rock más hard, al estilo Faces, se enrolla en el riff inicial de Italian girls. El teclado de McLagan también es de órdago. Ojo a la coda final, calmada, donde escuchamos incluso una mandolina y unos violines. Una canción de ligue en ruta, como el título indica, paseando por Italia: «she was tall, thin and tarty/and se drove a Maserati/(…)/Oh the italian girls sometimes hold their religuious habits/infront of your eyes, just to get you tied/ah, but not my Bella ‘cause I did not have to tell her/that i’d be gone with the morning sun». ¿Serán reales todas las experiencias que cuenta? 

El resto del álbum son versiones. Rod destaca, una vez más, en una de Bob Dylan Mama you been on my mind. La canción es suave, con una estupenda batería de Waller y la steel guitar de Huntley que le da cierto aire country. Por cierto, la canción la había compuesto Dylan en 1964 y la había tocado en directo, pero permaneció inédita en su catálogo hasta 1991. Wood compartió con Jimi Hendrix apartamento a mediados de los sesenta e hicieron una gran amistad; de hecho, coincidieron en la última fiesta de Hendrix, la noche de su muerte. Así que era obvio que alguna canción del genial guitarrista tenía que aparecer por aquí si de versiones se trata. Eligieron Angel del álbum póstumo The cry of love publicado mientras estaban en el estudio de grabación. Dedicada a su madre, Hendrix se muestra sensible y delicado y tanto la guitarra como la voz reclaman ese amor, ese homenaje. La editaron como single antes de acabar el año junto a otra versión, esta de Jerry Lee Lewis (What made Milwaukee famous), alcanzando el puesto 4 en las listas. En I’d rather go blind escuchamos al mejor Stewart de nuevo en otra tonada al más puro estilo Faces: no en vano, todos los miembros de la banda están aquí. La cantó Etta James en 1967 y le dieron este aire rock&boogie Chicken Shack un par de años después. El disco se cierra con Twistin’ the night away de Sam Cook, donde Wood hace su última filigrana y Waller vuelve a darle fuerte a la batería con un patrón pegadizo, dejando con el minuto final un agradable sabor de oreja.

El empaquetado es espectacular. De hecho, viene indicado el número de patente, cosas del diseño. Es un álbum sencillo con un portada triple que cuenta, a su vez, tres historias. La primera historia nos muestra en la portada doble a Rod Stewart sentado en una habitación lujosa, de mansión o de hotel, bien vestido y peinado, con cara de acabar de llegar de fiesta y pensar «la que he liado, macho». La segunda historia la explica la simpática fotografía de la pandilla que graba el álbum posando en una portería de fútbol; ahí están todos menos McLagan y Jones, que decidieron «quedarse en la cama». La tercera historia junta imágenes de un estadio de fútbol vacío y lleno, con la frase «good evening» en el centro y la banda tocando ante su públido. Rod quiso ser futbolista, pero tan malo era que nunca aspiró a jugar como profesional, mucho menos a que la gente pagara por verle vestido de corto; su venganza no pudo ser mejor: llenar campos de fútbol con mucha más gente gracias a sus virtudes como cantante, showman y compositor. 

Y, para mí, este empaquetado, estas imágenes resumen el mensaje que Rod Stewart transmite con este disco: pasadlo bien, juntaos con buena gente, perseguid vuestros sueños y, sobre todo, que no haya ni un minuto de aburrimiento en vuestras vidas.

Un disco quizá no imprescindible, a saber, pero, al menos, de deliciosa escucha. Rod en su mejor versión.

Riot – Narita – 1979

La historia de estos muchachos resulta muy curiosa y será contada en otra ocasión; por el momento, baste decir, para contextualizar este Narita, que se fundaron a mitad de los setenta y editaron su debut en 1977, con muy poco éxito. La banda se mantuvo unida en una primera versión hasta 1983, tras cinco discos. Su (mínimo) éxito comercial lo alcanzaron en una segunda reencarnación en 1988 con Thundersteel

Entonces, ¿qué es Narita? Pues un producto underground del heavy metal americano de finales de los setenta. De hecho, se editó exclusivamente en Japón a través de la discográfica Victor; por eso el rollo del nombre y las letras de la portada: Narita es el nombre de un aeropuerto nipón que, parece ser, construyeron sobre terreno sagrado; de ahí la bizarra portada con el aguilucho, el avión y las calaveras. Toda esta parafernalia corrió a cargo de Marcia Loeb, pareja del productor y manager de la banda, Steve Loeb, con una ilustración de Steven Weiss. El álbum, por entonces, estuvo disponible como importación en Estados Unidos y Canadá hasta que Capitol Records lo editó en diferentes países como parte del pago por realizar una gira teloneando a Sammy Hagar, estrella aquel año de la disquera. Permaneció descatalogado desde principios de los ochenta y apareció en cedé en 1989 para, cómo no, el mercado japonés. Vivió en el olvido hasta que en el año 2005 la magnífica Rock Candy le dio una segunda vida digna en cedé (¿os he dicho que podéis regalarme el catálogo completo de Rock Candy?) y en el 2016, por eso del 40 aniversario de la banda, Metal Blade se encargó de ponerlo de nuevo en vinilo con una remasterización y una cuidada parafernalia, a la altura del contenido musical.

El contenido musical encaja perfectamente en el rollo que se comenzaba a hacer a finales de la década y acabó convirtiéndose en el Reino Unido en la New Wave of British Heavy Metal y en la New Wave de heavy norteamericano, poco después: canciones basadas en riffs de guitarras rápidos y armonizados, con numerosos solos, una batería con pegada en bombos y platillos, líneas de bajo apoyando las melodías y buenos y sólidos estribillos. De hecho, Riot se convirtió en los primeros ochenta en una especie de grupo británico honorífico, con un sonido más parecido a las bandas británicas y con más éxito en Europa en que sus estados natales. 

Las canciones fueron compuestas por el guitarrista y líder Mark Reale y el cantante Guy Speranza, con la ayuda puntual de Rick Ventura, segundo guitarrista. Junto a ellos participaron el bajista Jimmy Iommi y el baterista Peter Bitelli, quienes desaparecerían poco después de la historia de la banda. Lo produjo el nombrado Steve Loeb junto a Billy Arnell en los Big Apple Recording Studios de Nueva York. Aquí una foto de los muchachos.

Waiting for the taking abre con la voz de Speranza como protagonista sobre la batería y las guitarras cortantes, buen ritmo y una letra que anima a la esperanza, a no tirar la toalla: «when you feel you’ve grown apart/you’ve gotta scratch and bite». Reale y Ventura intercambias solos, otra constante de Narita. Adoro esos momentos en que suben y bajan las guitarras, una por cada canal. Dos minutos de solazo final para rematar. Del mismo patrón está cortada 49er, quizá más hard seventies, con buenos recuerdos a Montrose, banda de la que hacían por entonces versiones en directo, rondando la letra el tema de los sueños rotos y los soñadores que cuentan sus historias «some never made their dreams come to life/many men fell from a gun or a knife». Contundente comienza Kick down the wall que contiene hasta tres solos de guitarra (comienza, parte central y final) y un trabajo de Iommi fantástico, subiendo y bajando por el mástil en constante apoyo a las seis cuerdas. La letra ahonda en el placer de la música «we’ll keep the music playin’/kick it on down» y en compartirlo con los muchachos «the boys down at Johnny D’s/they’re lookin’ for love to tend/music and language tapes». Uno de los mejores estribillos. La versión acertada y acelerada del Born to be wild y el instumental Narita (¿no escuchas a los futuros Iron Maiden en él?) cierran la cara A.

La cara B sigue con la misma mierda metalera, amplificada por el fantástico riff de Here we come again, con un puente-estribillo típico del género, armonizando voz y línea de guitarra, para romper en un interludio pegadizo y otra barbaridad de guitarreo a cargo de Reale. Venga, esos cuernos al aire «here we, here we come again». Y sin parar movemos el culo con Do it up, rollo rocanrolero, muy fiestera, donde suenan a unos Aerosmith metalizados. A estas alturas debo reflexionar: parece increíble que con tan pocos medios y de una manera semiprofesional fueran capaces de grabar un disco tan bueno, con un sonido más que decente. La masterización, seguro, ha ayudado a darle lustre y aire a la edición original. Por cierto, quizá el mejor solo de guitarra esté en este tema. Y nunca un disco de rock&metal sin su canción de follar. Hot for love debió resultar hasta guarra para la época «the one thing that she never got a taste of was to get down in between» porque «she’s hot for love» y no perderse los efectos sonoros. Y tras el frotamiento, el himno reverencial al concierto de cada noche: «up all night, sleep all day/comes the action/when we star to play». Ya sabéis que cada concierto es especial y si la música suena la vida es mejor, y esto se encargan de recordarnos Riot en White rock con otro estupendo riff. Y el cierre con Road racin’ no hace más que ahondar en las fantásticas cualidades metaleras de Narita, con otro bestial y acelerado riff, con el bajo doblando a las guitarras y Speranza reventando en un estribillo de puro directo. Bandaza.

Está claro que Narita pasó sin éxito por el mundo. A pesar de todo, Riot fueron teloneros de bandas como AC/DC, Rush, Judas Priest o Motorhead y participaron en el Monster of Rock de 1980 junto a Rainbow, Scorpions y Saxon. No está mal para unos muchachos sin contrato discográfico. 

Tom Petty & The Heartbreakers – Hard Promises – 1981

El tercer álbum del de Florida, Damn the torpedos (1979), le había llevado al éxito, a codearse con lo más granado del mundillo musical, a la portada de The Rolling Stones y a ser una cara conocida. Sus canciones empezaban a calar en un mercado nacional cambiante tras una crisis, la del petróleo y la construcción, que dejó decepción y bolsillos y corazones agujereados. Tom y sus colegas del instituto, encajados en el apodo de The Heartbreakers, junto con el mismo productor del éxito, Jimmy Iovine, se metieron en los mismos estudios Sound City y Cherokee de Hollywood para repetir el mismo éxito. ¿Qué podía salir mal? Pues casi todo. No fue una producción fácil. 

Primero tuvieron problemas con dos de sus músicos: el baterista Stan Lynch y el bajista Ron Blair. Stan no era del gusto de Iovine y discutían a todas horas. De hecho, se trajo a baterías de fuera para probar, encontrar el tempo, el ritmo, la toma perfecta. Algunas canciones tenían hasta cuarenta tomas de batería, todas distintas. Al final, casi todo el trabajo volvió a caer en las baquetas de Lynch, a quién más terco. En el álbum se acredita en la percusión también a Phil Jones. Y es que hay de todo: caja china, pandereta, timbales y hasta una marimba puede que suene por ahí. El bajista Blair tenía otro problema distinto; empezaba a distanciarse de sus colegas, no se sentía parte del mundo «Heartbreaker» y su éxito. Comenzó a ser sustituido durante las grabaciones. El propio Tom o Mike Campbell agarraban el bajo y Duck Dunn está acreditado en una de las canciones. Poco después de estas sesiones Ron recibió la carta de despido, esperada por su parte, y puso rumbo a una nueva vida, montando un negocio de surf y ropa de baño en primera línea de playa.

Nos quedan los dos triunfadores. Mike Campbell comenzó a sentirse más poderoso en la toma de decisiones, empezaba a ser la mano derecha del jefe, la «otra voz». Tres de sus composiciones, además, acabaron en este disco. Sus guitarras cobraban protagonismo. Benmont Tench dio otro paso al frente y con el piano y el Hammond, principalmente, rellenó las exquisitas melodías de las canciones, dio empaque y brillantez a este Hard promises.

La grabación se extendió varios meses buscando ese sonido definitivo. No querían una copia de su éxito anterior. ¿Acaso The Beatles grabaron dos veces Rubber soul? La obsesión de Iovine por el ritmo y la percusión y el afán perfeccionista de Petty se transformaron en docenas de tomas para cada canción, en horas decidiendo la mejor toma y en más horas rellenando y adornando cada corte. Tanto es así, que Hard promises debe escucharse con auriculares para apreciar los muchos detalles que esconde, a veces sutiles, a veces definitivos.

Tanta paja mental llevó a cierta hartura en la banda. Sin embargo, lograr la versión final de The waiting o You can still change your mind les puso una sonrisa enorme: lo tenían. Y ese impulso les llevó un pasito más arriba. Petty había compuesto letras excelentes sobre melodías muy cuidadas, comenzaba a crear personajes con los que el público se identificaría, con problemas muy cercanos a ellos. 

Y en medio de todo esto aparece Stevie Nicks. Por aquel entonces era pareja sentimental del productor, vivía en su casa. Iovine comenzó a trabajar en el disco en solitario de la cantante de Fleetwood Mac, que acabaría titulándose Bella Dona (1981), y qué mejor que contar con el amigo Tom para componer algún cantecito. El bueno de Petty se marcó en un rato una letra sobre una melodía que venía escuchando en su cabeza desde días antes, un tema que acabó titulándose Insider. Tal era la cercanía que Tom sentía con ello que no dejó a Iovine y a Nicks que la utilizaran, para, después, grabarlo él con su banda en este Hard promises. De este modo comenzó la colaboración a tres bandas, trío artístico: Nicks cantó en el álbum de The Heartbreakers y estos se apalancaron en Bella Dona: Petty y Campbell cedieron el mayor éxito del disco, Stop draggin’ my heart around, y la banda tocó por aquí y por allí. De hecho, Tench participa en la composición de otro corte y sus teclas suenan en casi todas las canciones. En cierto modo nuestros protagonistas grabaron disco y medio al mismo tiempo.

Con todo esto, el álbum terminado, la promoción preparada, surgió el conflicto del dinero. La compañía MCA creía que tenía un superventas y quiso estrujar más la vaca subiendo el precio. Lo normal entonces es que las novedades se marcaran a 8,98$ salvo que tuvieran precio de «estrellas» y salían a 9,98$. Y esto hizo MCA. Al pobretón que Petty llevaba dentro le pareció una estafa a su público y peleó para que no fuera así. De hecho, propuso llamar al disco Eight Ninety-Eight. Al final cedió la compañía. La portada es una fotografía en blanco y negro de Joel Bernstein pintada por Bennet Hall. Como curiosidad, en el plástico alrededor de la galleta central se lee «We love you JL». Las primeras ediciones tenían este mensaje en honor a John Lennon, fallecido mientras grababan Hard promises.

¿Y el resultado final? Uno de los álbumes más inspirados de Tom Petty & The Heartbreakers, donde el intenso rock seventies se mezcla con melodías power pop y guiños a The Beatles, The Rolling Stones, Bruce Springsteen, Bob Dylan o The Who. Las guitarras suenan limpias pero agresivas cuando la canción lo requiere. Las armonías, los arreglos, la pericia técnica y la entrega en diversos registros del cantante engrandecen unas composiciones muy inspiradas. Uno de sus imprescindibles.

Comienza la obra con el primer single, la canción destinada a romper las listas de ventas y que llegó al número 19, The waiting, luminosa historia amor «Yeah, I’ve never known nothin’ quite like this» tras una vida de relaciones azarosas «I might have chased a couple women around/all it ever got me was down» hasta alcanzar el amor correspondido «you’re the only one that’s ever known how/to make me wanna live like I wanna live now». Brillante riff de guitarra y un buen solo, breve como todos. Campbell compone en A woman in love (it’s not me), segundo single, tema melodioso que combina una estrofa (semi)acústica con un estribillo y una parte instrumental más ruidosa. Buena percusión, buen Hammond, en la queja del que es abandonado y no entiende muy bien el porqué «I don’t understand the world today/I don’t understand what she needed/I gave her everything she threw it all away». Mike y Tom comparten composición también en Nightwatchman que con un riff roquero, buena capa de guitarrazos y cierto toque agresivo en la voz, desgrana la vida de un currante, como tantos, vigilante nocturno en este caso, que siente perder su tiempo «This ain’t no job for a man like me/I got potential, I could be just what you need» turno tras turno y que considera que su vida vale más que el salario mínimo. El tercer single fue Something big, con cierto aire sureño, tremendo el órgano, narra un ligue de domingo por la noche, un amor pasajero tras el que olvidarse de todo a la mañana siguiente: «and one said I know I’ve seen his face/I wonder who he is?». La cara B se cierra al ritmo de Kings Road, de mis favoritas, con su aparente sencillez y una letra desenfadada sobre el chico nuevo en la oficina del rocanrol «I’m a new world boy on the old Kings Road».

Otra de mis favoritas abre la cara B. Letting you go me parece de una brillantez obvia, tanto por la letra como por la melodía y los arreglos, pero, sobre todo, por el trabajo de producción, dotando a cada momento de su carga musical adecuada. El órgano en la estrofa, la guitarra en el estribillo, ambas al unísono en la coda final, la percusión enriqueciendo el conjunto. El rocanrol vuelve con A thing about you «Lovers hold each other tight/whisper in their anxious ears» de gran estribillo y buen solo, una canción para dar un par de botes antes de la golosina de esta lado del disco, Insider. Puede traducirse como «infiltrado» o «enterado» o «persona que trabaja dentro» (como un empleado interno) y para Petty en esta canción es el que se queda encerrado en una relación «I’m an insider, I been burned by the fire/and I’ve had to live with some hard promises/I’ve crawled through the briars». La voz de Stevie Nicks armoniza a la perfección con la de Tom, hermosa mezcla de la bella de Arizona y el bello de Florida. El arreglo de Tench suena fantástico. Otro rocanrol para animar el cotarro, de nuevo con cierto lustre de las originarias tierras del sur, canta a un tipo malvado, The criminal kind; aunque tiene un buen solo, un pedal steel le hubiera quedado de impresión. Eso pasa en algunas partes del disco, mi corazón hard&heavy echa en falta un poco de desfase, un solaco Tench-Campbell o una pequeña jam que llenara de balas la perfección sonora de Hard promises. Cerramos con la última composición de Mike, la balada You can still change your mind y su mensaje optimista: «If you can change your mind/you can change your feeling» no esperes que ocurra, no sufras por no conseguirlo, no dejes que tu cabeza enloquezca, porque si puedes pensar de manera diferente puedes dejar de sufrir «listen to me darling, oh you don’t have to wait».

Alcanzó el top 5 en las listas de ventas de Estados Unidos y el número 32 en las británicas. Curiosamente, fue un éxito en Oceanía (con un número uno en Nueva Zelanda y Australia) y Canadá.

Kansas – Point of know return – 1977

El disco que estuvo a punto de no existir. De hecho, la banda rozó su desaparición en aquel verano de 1977. Hubo dos culpables: el éxito y la mala suerte. El éxito de su cuarto álbum de estudio Leftoverture llevó a uno de los principales compositores, Steve Walsh, a intentar abandonar la nave justo antes y durante las grabaciones, en un afán protagonista de lanzar su carrera en solitario y aprovechar la ola favorable; la propia banda, en un momento dado, estuvo tentada de darle el portazo por sus continuas dudas y plantones. Y la mala suerte se cebó con la grabación: cuando llevaban varias semanas en los «Studio in the country» de Louisiana, donde habían grabado sus dos obras anteriores, una avería llevó al traste sus esfuerzos, no les permitió continuar y estropeó buena parte de lo grabado. Se mudaron a Tennessee, a los Estudios Woodland para terminar el trabajo con su eterno Jeff Glixman a los mandos. Un parto difícil. Cuando, finalmente, llegó a las tiendas ese mes de octubre comenzó a vender despacio. Pero la suerte y el éxito, de nuevo, se aunaron. A algún directivo de la compañía le pareció que una balada acústica en mitad de la cara B del álbum sería un buen reclamo. Se editó como single y catapultó este Point of know return a la primera línea de ventas. El contenido musical hizo el resto, convertirlo en una pieza maestra, en un indispensable. Como curiosidad, en la película Alta fidelidad hay una escena donde se discuten las «cinco mejores canciones: cara A, canción 1». John Cushack hace sus propuestas y Jack Black le suelta algo así como «eso es tan obvio como decir Point of know return de Point of know return«. La canción 1 de la cara A de este discazo.

Por cierto, Kansas la formaban estos seis tipos: Phil Ehart a la batería y todo lo que se pudiera golpear; Rich Williams a las guitarras; Kerry Livgren también a las guitarras, a los teclados y a la percusión; Dave Hope al bajo; Robbie Steinhardt al violín, el celo, la viola y la voz; Steve Walsh como voceras principal, también toca teclados y algo de percusión.

El álbum se inicia con la homónima Point of know return, que juega con la melodía vocal enmarcada en un precioso violín en comunión con el piano, el hammond y la guitarra. Hace este primer corte de presentación del tema central del disco, la búsqueda de la verdad, de la sabiduría, de la realidad; el mensaje juega con las palabras «know» y «no»: el punto en el que alcanzas el conocimiento, el trasfondo que no te permite volver atrás nunca más.  Contrasta el ritmo rápido con el que arranca Paradox. Curioso corte donde se alternan tres grupos de dos estrofas de cuatro versos cada una, con un pasaje solista entre el segundo y el tercer grupo. El violín de Steinhardt se lleva el protagonismo con un mágico aporte de Williams. La paradoja de la canción está en pasar una y otra vez por el mismo sitio, hacerse las mismas preguntas desde diversos ángulos y no ser capaz de encontrar la solución a nuestros problemas, pero, cuando se tiene la llave, ese, amigos y amigas, es el mejor de los sentimientos, esa victoria. Walsh hace una interpretación soberbia. El mismo que compone el intrincado instrumental The spider para que todos los músicos se luzcan alrededor de un tema central con presencia destacada del moog y la batería. Porque Ehart contiene el edificio musical de este álbum desde una pegada contundente, pero no protagonista, ahora lejano, de fondo, ahora en primer plano, haciéndote mover la cabeza. Y eso, de nuevo, en otro gran tema titulado Portrait (he knew) se aprecia, con un feeling muy roquero y gran estribillo. «He was in search of an answer/the nature of what we are». Albert Einstein inspira el tema, uno de los cerebros más famosos del siglo XX, en un álbum sobre el conocimiento y la sabiduría, por supuesto. Williams, de nuevo, coge protagonismo. El cierre de la cara A llega con Closet chronicles, el corte, quizá, con más corazón prog de todos en una especie de opereta donde introducir todas las habilidades del grupo para desarrollar pasajes hard rock con otros más soft y un montón de pirotecnia instrumental. El piano en la parte central, más calmada, junto a la sentida interpretación vocal, seguida de un fiero instrumental mantienen el pulso narrativo. El protagonista es Howard Hughes: piloto famoso, constructor de aeronaves, cineasta, activista, millonario, excéntrico, enfermo mental cuya muerte, meses antes de grabar el disco, y su búsqueda del conocimiento y la aventura inspiró a la banda.

La cara B se abre con la voz de Steinhard amenazando al oyente en Lightning´s hand: «run for cover/oh, your life is in vain/if you try to escape me». Genial hard rock con dobles guitarras y riffs contundentes, rabia y noche en su interior. Lo que contrasta con Dust in the wind, el tema que les permitió meter la mano en la hucha del tío Gilito empujando hasta los seis millones de copias vendidas. Dice la leyenda que Livgren andaba jugueteando con la guitarra en casa, haciendo ejercicios, y que su mujer le animó a componer una canción con la melodía que, en ese momento, ensayaba. Tan simple resulta al lado del resto de temas que parece hasta impropio de Kansas. Y esto pensó, precisamente, el compositor cuando lo presentó al resto de la banda, que supieron ver el potencial, arreglar el tema y grabarlo con la magia que los años no le han quitado. Sencillo parece. Queda pegado a un tema de ritmo funky y sangre roquera, Sparks of the tempest, de letra oscura y con un buen solo de guitarra: «They mold you and shape you/they watch what you do» porque la vida es una lucha constante, una búsqueda «your future is managed/and your freedom’s a joke». La epicidad se viene encima en el cierre del disco. Nobody’s home, balada de pérdida «the world that I was sent to reach/has got no future now» con una melodía pegajosa, un violín exultante y un estribillo a piano y voz emocionante. Y acabamos con otra de las joyas de Kansas, de mis favoritas, la loca Hopelessly human, un canto esperanzado al futuro donde guitarra, hammond y violín intercambian protagonismo en ese sube y baja, ahora roquero, ahora sinfónico, ahora íntimo.

El trabajo artístico del álbum también es sobresaliente. La portada ya es fantástica por sí misma, y un icono del rock setentero: el ojo de Saurom del prog. Ese barco a punto de precipitarse al infinito celestial… o justo llegando a la cúspide maldita si giramos la carátula y dejamos que el sol negro amanezca en el horizonte. En cualquier caso, un globo terráqueo en el que el punto conocido en el que ya nada va a ser lo mismo acaba de llegar. La dibujó Peter Lloyd basándose en una idea de la propia banda. La caligrafía con las legras y los créditos la realizó Bob Maile; el retrato a tinta de los miembros de la banda corrió a cargo de Mike Maloney; Rick SScirceni fotografió el conjunto para la funda interior. Y todo ello bajo la dirección artística de Tom Drennon. Sin ordenador ni nada.

Una obra de arte completa por la que los años pasan con justicia: sigue sonando tan fresca y atrevida como entonces.