Nick Cave and The Bad Seeds – Let love in – 1994

Tras muchos años y mucha guerra Nick Cave y sus secuaces The Bad Seeds habían conseguido cierto éxito internacional: podían llevar una vida acomodada sin renunciar a su propio estilo (si eso existía para esta tropa). Dos años de interludio tras Henry’s dream donde la vida de Cave había cambiado radicalmente. Casado, con hijos, residente en Brasil, alejado de su viejo mundo de drogas y oscuridad. ¿Qué hacer? ¿De qué hablar? Tras unos pocos ensayos y conciertos por Europa, Nick comienza a componer en un pub de Portobello sin una idea fija, pero seguro de querer dar un paso adelante. Siente que la vida se escapa, que la muerte se escapa, pero el amor entra para contar historias oscuras en las que retozar: amar en tiempos difíciles de modos difíciles. La música y las letras de Let love in se muestran intensas, más que salvajes, sucias, aún más que oscuras, con una opresión controlada que desborda a raudales cuando menos lo esperas. Estos tipos mezclan el post-punk de sus inicios, rabioso, con un blues-rock gótico y pianos mimosos que se quiebran en baladas intensas de cantautor crecido en una esquina infecta. No hay autocomplacencia ni reverencias aquí, si no letras cínicas, irónicas a veces, con dobles mal ententidos, ardientes en ocasiones, conmovedoras. Pero siempre deslumbrante.

Así, el álbum presenta tabajados arreglos, capas de instrumentos y cuidadosas interpretaciones llenas de detalles. Una agudeza oscura y terrible empaña las canciones, una inteligencia que se arrastra entre el mal y el bien. Aunque este disco, a nivel sonora, resulta algo menos oscuro, quizá con un punto de esperanza en sus surcos, endiablada esperanza.

Nick Cave and The Bad Seeds lo formaban en este álbum Blixa Bargeld y Mick Harvey a las guitarras (este último también toca piano, órgano, marimba, lo que sea), Conway Savage al piano, Martyn P. Casey al bajo, Thomas Wydler a la batería y, cómo no, Nick Cave cantando y dándole a las teclas.

Resulta inevitable comenzar el contenido del disco por una de sus canciones más populares: Red right hand. Ha formado parte de numerosas bandas sonoras: de Scream y dos de sus secuelas, de la serie Peaky Blinders, de los créditos finales de Hellboy o Expediente-X. Artistas diversos han hecho sus propias versiones: Artic Monkeys, P. J. Harvey o Iggy Pop entre otros. La estadística dice, además, que es la canción más veces tocada en sus directos. Y, para rematar, sonó en el anuncio del tequila El Jimador. La canción presenta a un personaje siniestro en una dinámica ciertamente cinematográfica. Ese órgano de línea aparentemente sencilla y esos arreglos sonoros le dan profundidad y endiablan el mensaje. El codicioso que ansía poseer todo a cualquier precio, el que cree traer la justicia divina, el que se arriesga al todo o nada. Red right hand nos lleva a un mágico viaje a lo más siniestro del disco.

Esta canción queda, como el resto, emparedada entre las dos versiones de Do you love me?, que abre y cierra el disco en dos pulsiones paralelas y complementarias. Una desde la perspectiva del que abusa, el que explota, el que fuerza; otra, la otra, la opuesta, desde los ojos del que sufrió el agravio, la vergüenza. La primera con su aire gótico y opresivo y ese grito de rabia «¿me amarás?» nos presenta la necesidad de sentirse amado, de meterse en la vida de la persona ansiada a la fuerza si hace falta para exigir ese amor. La segunda resulta más dramática si cabe, más desnudada, con un piano que parece levitar al otro lado del precipicio emocional: la voz del que avanza sin querer parar, perseguido por los recuerdos de un amor forzado, la juventud robada. ¿Me amas? como eco permanente.

Enganchando con la disfunción emocional escuchamos Loverman, segundo single, poderosa canción que regrabaron Metallica en su Grage Inc. (1998). Una canción sobre el deseo en la voz de un tipo peligroso, un abyecto corazón que aguarda al otro lado de tu puerta: aquí está tu demonio, tu amante, tu yo diabólico, el ansia y la necesidad. Por momentos parece que una iglesia con sus órganos y sus campanas se te meta en la cabeza. Esos versos casi susurrados que se rompen con un estribillo rabioso. Da miedo.

No todo es tensión elaborada. Jangling Jack y Thirsty dog comparten una rabia punk conducida por la guitarra. En la primera, tres minutos de torbellino multi-instrumentlas en el que Jangling Jack acaba muerto a balazos en un charco de sangre. En Thirsty dog un exagerado poeta pide perdon desde su asiento del bar por el mal que ha causado, quizá arrepentido pero mas bien conforme con las consecuencias de sus terribles actos.

Si por algo se caracteriza este disco también es por su capacidad para emocionar desde la balada o la canción, digamos, lenta. Nobody’s baby now, con una hermosa linea de piano y guitarra, fue compuesta pensando en Johnny Cash. Arrepentimiento con cierto deje sureño. Ain’t gonna rain anymore comienza con un hermoso pasaje. Una vez cayó una tormenta con forma de mujer, luego mi amada se marchó y nunca más volverá a llover. Un lamento aciago. I let love in vuelve al tema de la pérdida, con una tristeza descarnada que difícilmente deja impasible: la decepción permanente. «Es peor ser el amante que ama que el amante despreciado». Hermosa melodía que destaca en la figura de guitarra. Lay me low suena tremendamente a Bowie y recoge la intensidad de sus Spiders. La canción de un hombre que atisba su propia muerte y ve o imagina que pasará en un crescendo rabioso. De las interpretaciones vocales que más me gustan.

Un álbum completo e intenso de principio a fin, quizá su mejor obra, una perfecta introducción al enrevesado universo de Cave y sus semillas.

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